Dilema estético: una propuesta en el Museo Tamayo
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Dilema estético: una propuesta en el Museo Tamayo

La historia del arte moderno mexicano tiene un lugar nebuloso donde no caben las genealogías ordenadas.

Allí, entre el muralismo triunfante de Rivera, Orozco y Siqueiros y su larga institucionalización durante la posguerra, habita una pregunta sin resolver: ¿cómo se construye una modernidad mexicana que no sea nacionalista sin traicionar sus raíces? Una exposición que reúne numerosas obras entre pintura, gráfica, dibujo y collage, documenta la respuesta que dieron tres oaxaqueños cuando decidieron pensarla en París.

Escape creativo

No era huir del país, sino una estrategia. Rufino Tamayo viajó a Nueva York en los años 40 y permaneció allí varios años antes de trasladarse a París. Rodolfo Nieto llegó a la capital francesa a principios de los sesenta, en plena efervescencia de la generación de La Ruptura. Francisco Toledo fue el más joven: con apenas veinte años y una beca bajo el brazo, se instaló en la Casa de México en París en los albores de los sesenta, donde Tamayo, quien empacaba lienzos para regresar a México, le haría un gesto tan simbólico como generoso: entregarle sus herramientas de trabajo.

El nacionalismo mexicano que los artistas rechazaban no era una invención de provincianos, diferían cada uno a su tiempo, en esa estética oficial de Estado posrevolucionario cuyas narrativas visuales de identidad estaban acotadas al muralismo. Una historia de México en las paredes, legible, pedagógica, controlada. Por eso la ruptura no fue un acto de ingratitud sino de lucidez. Tamayo comprendió, desde temprano, que la mexicanidad no necesitaba describirse a través de escenas costumbristas o iconografía folclórica. Podía y debía universalizarse.

El laboratorio francés

Lo que ocurrió en París entre 1949 y mediados los sesenta no fue una asimilación de vanguardias europeas, sino un diálogo desigual donde los oaxaqueños tomaban lo que les servía y descartaban el resto. Tamayo encontró en la capital francesa una audiencia que valoraba el carácter mexicano de su pintura precisamente porque ese carácter no era servil. Su equilibrio entre tradición y modernidad donde la dualidad como concepto se conjuga con el color como fuerza espiritual fue visto en París como una síntesis genuina y no como exotismo.

Nieto llegó a un París diferente, convulsionado intelectualmente. Allí tejió relaciones con escritores como Octavio Paz, Julio Cortázar, Alejo Carpentier; se vinculó con músicos de jazz cuya improvisación compartía algo con su propio método gráfico. Su serie Zoología mental que expone bestias híbridas, figuras metamorfoseadas y cuerpos que no se resuelven en un género único, fue una respuesta a la condición del hombre de posguerra. Nieto colocó la hibridación como principio estructural, no como capricho surrealista. Trabajó en Atelier 17, el legendario taller de Stanley William Hayter donde convergieron Picasso, Giacometti o Pollock. En 1970 recibió los premios de la Bienal de Caen y de la Bienal de Menton. Más que novedad, era reconocimiento.

Toledo fue el más joven cuando llegó a París, Tamayo ya se iba. Pero Tamayo le dejó recomendaciones con Octavio Paz, herramientas, contactos con galeristas. Toledo trabajó en Atelier 17 con Hayter, aprendiendo una técnica de grabado que exigía precisión obsesiva. Luego pasó por Atelier Mourlot, Atelier Bramsen et Georges, donde trabajaba con Pierre Alechinsky. Cada espacio le ofrecía algo distinto: una maestría técnica, un circuito internacional, la experiencia de que no había un único camino para la modernidad.

Su primera exposición en Galerie Karl Flinker (1963) fue un éxito. Luego llegó la Galerie Daniel Gervis, donde el escritor André Pieyre de Mandiargues escribió un ensayo que se volvió canon interpretativo de la obra de Toledo: “La permanencia de lo sagrado”. La interpretación de Mandiargues no se conformó con la descripción, sino que vio en las transformaciones de la naturaleza o en la hibridación entre humanos y animales de Toledo, una lectura simbólica de las energías que animan el mundo. El artista no ilustraba Oaxaca, sino que la transfiguraba. En una sola obra convivían referencias de la Oaxaca indígena, a Francisco de Goya, a Jean Dubuffet, al arte de África y Oceanía. Esa coexistencia de lenguajes no era eclecticismo sino una estética de la multiplicidad.

Tres caminos, una ruptura

Lo que diferencia a estos tres artistas no es que hayan viajado a París, sino “cómo” pensaron esa experiencia. Tamayo universalizó la mexicanidad transformándola en concepto (dualidad, color espiritual). Nieto la convirtió en bestiario simbólico, en autorretrato del sujeto fragmentado. Toledo la transfiguró en una energía que excedía el signo visual.

Retornaron a México con un prestigio que no les ofreció la nación. Así, Tamayo en 1959, Nieto entre 1964 y 1968 y Toledo en 1965, se encontraron con un país que había trascendido la única e imperante narrativa nacionalista. Habían demostrado que era posible ser profundamente mexicano siendo radicalmente moderno y que esa modernidad no necesitaba un acta de nacimiento de la Revolución.

Retrospectiva atemporal

Esta exposición, curada por Juan Carlos Pereda, se puede interpretar como la arqueología de un momento en que la modernidad mexicana aún se jugaba en París, antes de que el mercado del arte la relocalizara definitivamente en Nueva York y antes de que la identidad se convirtiera en una mercancía que se compra en plataformas de comercio. Tamayo, Nieto y Toledo expandieron su concepto de lo mexicano y lo volvieron universal, una transformación del pensamiento propio que dialoga con otras formas de ver.

Las obras de tres oaxaqueños creadas en París entre 1949 y 1965 anticiparon un dilema que, después de décadas, se sigue debatiendo en México: ¿es posible ser universal sin dejar de ser local? La respuesta está en litografías, grabados, dibujos y collages, no en tratados, manifiestos o consignas. Basta observar detenidamente la precisión de una línea, la densidad de un color o la arquitectura de una hibridación para comprender que México no se resuelve en un significado único.

“Tamayo, Nieto, Toledo: Los años en París se exhibe en el Museo Tamayo.

Texto de MARLENE DIVEINZ

foto cortesía Museo Tamayo.

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