El envejecimiento de la población es una realidad demográfica. Mantener una rutina de entrenamiento en la tercera edad, es fundamental para detener el deterioro en el organismo.
Las mujeres no solo representan un porcentaje significativo de las personas adultas mayores, sino que además enfrentan desafíos particulares: mayor expectativa de vida, periodos más largos de viudez y brechas acumuladas en el acceso a servicios de salud y espacios de bienestar. A esto se suma una narrativa cultural que durante décadas asoció la madurez femenina con el retiro, la fragilidad o la invisibilidad.
Acceso vital
De acuerdo con el Módulo de Práctica Deportiva y Ejercicio Físico (MOPRADEF) 2025 del INEGI, 37.6 % de las personas de 60 años y más en México realizó actividad física en su tiempo libre en 2025, lo que refleja un interés creciente por mantener la salud y el movimiento en la adultez mayor. En ese contexto, cada vez más mujeres reivindican su autonomía a través del movimiento. Caminar, nadar, practicar yoga o entrenar fuerza no es solo una decisión de salud física: es una afirmación de independencia y continuidad.

Por ello, desde el sector del bienestar y el deporte, se ha comenzado a incorporar una mirada más incluyente sobre la edad, promoviendo entornos donde la actividad física no esté limitada por estereotipos generacionales, sino acompañada por profesionales y adaptada a distintas capacidades.
De acuerdo con datos de Sport City, durante 2025 contabilizó la participación de 5,000 mujeres mayores de 60 años, en promedio mensual en clases de cardio, de yoga y deportes acuáticos así como pilates.
Aunado a ello, diversos especialistas en salud coinciden en que la actividad física regular en la adultez mayor contribuye a mantener masa muscular, fortalecer huesos y reducir el riesgo de enfermedades crónicas. Pero también cumple una función menos visible y profundamente relevante: combate el aislamiento social y fortalece la autoestima.
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