Hay momentos en los que aquello que parecía dar certeza deja de hacerlo: la manera de mirarnos, de reconocernos y de estar en el mundo se desplaza. Ese instante de dislocación —cuando algo ya no es lo que era y aún no alcanza una nueva forma— es el punto de partida de Umbrales. De regreso a uno mismo.
Con idea original y codirección de Anayansi Díaz Gómez y coreografía y codirección de escena de Dionisia Fandiño, la puesta en escena interdisciplinaria se presenta por corta temporada cerrando el 26 de septiembre de 2026 en el Teatro Raúl Flores Canelo del Centro Nacional de las Artes (Cenart).
Umbrales construye un recorrido a través de cinco estados de transición. No plantea la transformación como la fabricación de una identidad distinta, sino como un tránsito hacia la presencia: volver a escuchar aquello que permanece vivo, reconocer lo que nos constituye y recuperar la posibilidad de habitarse plenamente, fuera del juicio.
En escena, Espartaco Martínez, José Ángel Rochin, Karen Vilchis, Rosa Villanueva y Yaroslav Villafuerte aparecen como cinco personajes interconectados. Sus cuerpos conforman una sola presencia múltiple que atraviesa fuerzas, impulsos y estados distintos: luz y oscuridad, razón e instinto, ternura y deseo, calma y descontrol, vulnerabilidad y rabia. La pieza no busca resolver esas tensiones ni separar unas de otras. Las hace coexistir como partes de un mismo ser en tránsito. Así, el espectador presencia un proceso de pérdida, desplazamiento, confrontación y reconocimiento que desemboca en la posibilidad de volver a uno mismo.

Cinco umbrales, habitar el tránsito
La construcción coreográfica de Umbrales parte de una concepción de la identidad como un espacio en permanente transformación. Los cinco intérpretes ponen en juego distintas corporalidades y formas de presencia, sin asumir personajes definidos, para explorar las tensiones y relaciones que surgen entre ellas. El proceso de creación toma como punto de partida conceptos como el vacío, la luz, la posibilidad, el conflicto, el encuentro, el duelo y el renacimiento, que se traducen en diferentes estados físicos y dinámicas de movimiento.
La aproximación de Dionisia Fandiño, profundamente vinculada al cuerpo y a aquello que nos hace sentir vivos, incorpora elementos de la Técnica Fandiño, desarrollada por su padre, Luis Fandiño. Su metodología entiende al intérprete como un participante activo en la construcción de la obra: la propuesta coreográfica adquiere forma al encontrarse con la corporalidad, sensibilidad y experiencia de cada persona.
De esta manera, el propio proceso de creación se convierte en una extensión del concepto de Umbrales. Una identidad común se construye a partir de múltiples cuerpos, sin borrar sus diferencias. La improvisación y la investigación corporal permiten que aparezcan dimensiones personales; la coreografía se transforma al atravesar cada cuerpo y las diferencias se integran en lugar de uniformarse. Así, la obra no solo habla de una identidad múltiple: se construye desde ella.
Percepción de transición
En Umbrales, la interdisciplina no aparece como una suma decorativa de recursos, sino como el lenguaje con el que la pieza está construida. Movimiento, espacio, luz, vestuario y sonido se relacionan de manera constante y modifican la percepción de cada transición.
Anayansi Díaz Gómez, responsable también del diseño del dispositivo escénico y del vestuario, integra a la pieza su formación en diseño industrial y espacial y su recorrido por las artes escénicas. El espacio no funciona únicamente como soporte de la danza: transforma la manera en que los cuerpos son vistos, contenidos y percibidos.
El origen de Umbrales está ligado a una experiencia personal de dislocación. A partir de un periodo en el que las certezas sobre quién era comenzaron a ponerse en duda, Anayansi encontró en los espacios de contemplación una sensación de quietud, plenitud y libertad interior que se convirtió en el corazón de la pieza: no descubrir un lugar nuevo, sino regresar a un estado en el que existir no requiriera explicación, justificación ni juicio.
El sonido del movimiento
La dimensión sonora participa de ese mismo tránsito. Emri Faza firma la dirección musical y la banda sonora original creada especialmente para Umbrales, a partir de una composición electrónica que incorpora materiales surgidos del propio universo corporal y espacial de la pieza.
Respiraciones, sonidos de la piel, movimiento, latidos, aves y registros del espacio forman parte de la materia sonora. Durante el proceso también se registraron movimientos de los intérpretes que después fueron traducidos digitalmente en sonido, haciendo que el gesto corporal se convierta en materia musical.
A este universo se suma el violín eléctrico interpretado en vivo por Dirén Checa. La compositora mexicana Andrea Sarahí creó para ella una composición específica que dialoga con el cuerpo, la electrónica y el movimiento.
El resultado es una experiencia en la que música, danza y espacio no acompañan una narración externa: participan en la transformación que ocurre frente al espectador. Imperdible, ve a la función de cierre de temporada el 26 de septiembre en el Teatro Raúl Flores Canelo en el Cenart.
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